Coeducación

El concepto de coeducación es de mayor amplitud y riqueza que el de enseñanza mixta. Este segundo hace referencia a la práctica consistente en que alumnos y alumnas estén en las mismas aulas, reciban el mismo tipo de enseñanza, se sometan a las mismas exigencias y realicen idénticas evaluaciones. La coeducación supone y exige una intervención explícita e intencionada que ha de partir de la revisión de las pautas sexistas de la sociedad y de las instituciones en los que se desarrolla la vida de los individuos, especialmente de las instituciones vinculadas a la tarea de la educación, ya que desde ellas se construye y transmiten los estereotipos de lo masculino y lo femenino. La coeducación supone y exige situaciones de igualdad real de oportunidades académicas profesionales y en general, sociales, de tal modo que nadie – por razones de sexo – parta de una situación de desventaja o tenga que superar especiales dificultades para llegar a los mismos objetivos. Pero no podemos limitar la coeducación a una mera igualación de las condiciones de partida. La coeducación parte de la aceptación del propio sexo y de la asunción social de su identidad, de tal modo que cada individuo pueda construir su identidad social desde un autoconcepto positiva y saludable. Se trata, también, de propiciar la comunicación entre las personas de ambos sexos, basándose en el respeto mutuo, en el conocimiento acertado, en la aceptación convivencial y en el diálogo creativo, en la superación de sesgos sexistas, de lo masculino y lo femenino como categorías hegemónicas y autoexcluyentes.

Si nos ponemos a hacer historia, hace un par de siglos atrás nomás, las mujeres, siempre consideradas en el plano social un paso más atrás que los hombres, padecían muchísimo la discriminación en el estudio, incluso, en estos tiempos ni siquiera se discutía la separación de la enseñanza, por un lado los hombres y por otro las damas, sino que había un escenario aún peor, a las mujeres no se les permitía acceder a la educación formal, limitando su rol a lo doméstico. En tanto, aquellas mujeres valientes, que hubo muchas, que se rebelaban ante este estado de cosas, peleaban, y hasta se disfrazaban para poder educarse.
Este choque de pareceres entre generaciones bien podría darse, en la realidad, en el seno de cualquier familia en la que se quisieran romper los roles tradicionales masculinos y femeninos a los que estamos tan acostumbrados. A veces es tal el grado de asimilación de los estereotipos y prejuicios que ni siquiera logramos detectarlos, sin embargo, ese ejercicio de identificación es imprescindible si queremos -aunque llevará tiempo- lograr la equidad entre hombres y mujeres.

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