La Importancia De La Familia En En El Desempeño Escolar

La buena relación entre la familia y la escuela son de suma importancia puesto que ambos tienen un objetivo común que es el del desarrollo global y armónico de los niños/as y por tanto debe ser una tarea compartida; de manera que se facilite la consecución de este objetivo principal.

Los niños necesitan recibir mensajes positivos y benevolentes, para sentirse aceptados y reconocidos y para que su vida trascurra en un clima de seguridad emocional donde la expresión de los afectos – tanto negativos como positivos – sea posible.

La participación parental se refiere al involucramiento de los padres en una o varias actividades relacionadas con la escuela, por ejemplo, asistir a las juntas de padres de familia, participar de manera voluntaria en la mejoramiento de la escuela, ayudar a los hijos con la tarea y animar los logros de los hijos, por mencionar algunas.

La formación intelectual de los padres se refleja en sus actividades educativas como leer, asistir a actividades culturales y la manera como organizan el tiempo libre. Esto significa que el rendimiento escolar depende de varios factores: del trabajo que el niño realiza, de su buena voluntad y de su atención, y además, de un condicionamiento cultural que lo prepara o dispone para el tipo de actividad intelectual que la clase solicita de él.

En cuanto al factor de Comunicación con los hijos, un poco más de la mitad de las madres y 40% de los padres refiere tener una buena comunicación. Estos datos, sin ser totalmente satisfactorios, denotan que los padres conciben que su labor de apoyo educativo a los hijos se circunscribe al ámbito del hogar y que no es necesaria una mayor vinculación con la escuela y los maestros.

Aunque de manera general no existen diferencias significativas entre los niveles de participación de madres y padres, es justo señalar que en todos los factores evaluados existe una tendencia a ser mejores los puntajes de las madres. Incluso en los factores Conocimiento y Comunicación con la escuela existen diferencias significativas entre la participación de madres y padres a favor de las primeras.

Lo anterior evidencia que las encargadas de establecer el puente entre la familia y la escuela son las madres; al parecer, amplían su concepción de apoyo educativo al hijo al incluir a la casa y al establecer relaciones con la escuela. Por su parte, los padres lo circunscriben al ámbito del hogar. Aquí también se refleja un patrón cultural de la sociedad mexicana que atribuye a las madres la responsabilidad fundamental en la educación de los hijos y deja a los padres en una posición periférica con respecto a la misma.

Las preguntas de la escala en donde se encontraron mayores problemas se refieren a aspectos de la comunicación con los maestros, en cuanto al comportamiento y al desempeño académico de los hijos. Esto es expresión de la relación generalmente tensa que se establece entre padres y maestros, que según la literatura, tiende a basarse en acciones donde ambos grupos se culpan mutuamente por los problemas de los niños o adolescentes.

Los vínculos afectivos incondicionales y continuos de buen trato favorecen que el niño/a, al mismo tiempo que entreteje lazos con su medio, desarrolle el sentimiento de pertenencia a la familia y a la comunidad, esta necesidad de afecto y apoyo quedó definitivamente demostrada en un estudio realizado por E. Werner (1992), quien siguió por más de treinta años – hasta la adultez – a 700 niños nacidos en medio de la pobreza en la isla de Kauai. Todos ellos habían pasado por diversas penurias, incluso algunos pertenecían a familias abrumadas por conflictos y peleas permanentes; otros atravesaron por el divorcio de sus padres seguido por el abandono de uno de ellos; otros niños padecieron el alcoholismo o la enfermedad mental de un progenitor. Tal como era de esperar, la mayoría de ellos desarrollaron patologías físicas, psicológicas y sociales. Sin embargo, contra todos los pronósticos, una tercera parte alcanzó una vida sana y positiva, fueron buenos padres, buenos esposos y tuvieron un buen desempeño laboral. La “pregunta del millón” fue entonces, ¿porque no enfermaron los que no enfermaron? Werner observó que estos individuos – a las que llamó resilientes – habían contado en su historia con – al menos – una persona que los aceptó en forma incondicional, independientemente de su temperamento, su aspecto físico o su inteligencia y eso hizo la diferencia.

 

 

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